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La hostelería es gratitud. Un sector que trabaja cuando todos descansamos. Que come a deshora para darnos de comer en hora, que trabaja festivos, domingos, jornadas partidas. Para el disfrute y celebración de los comensales en sus días de fiesta y momentos de descanso.

La gastronomía es armonía, ensamblaje de tantas piezas del engranaje que no se ven para que todo salga perfecto en cada servicio, bien sea una comida rápida y eficiente de negocios, o una cena romántica de dos enamorados que celebran décadas juntos. Desde el friegue, vital para que un restaurante funcione, hasta el jefe de sala, desde el cocinero o cocinera, hasta los pinches que pelan, fríen, saltean o emplatan.

La gastronomía es paciencia, porque los buenos platos se cocinan a fuego lento, un bocado que cuesta horas de concebir y realizar, y se esfuma en un segundo. Paciencia con los comensales, que no siempre valoran tu trabajo, tu entrega, tu esfuerzo. Implacables a veces ante un error. Y crueles con las críticas públicas en redes sociales o el temido TripAdvisor donde se despachan a gusto, sin tener en cuenta las consecuencias ni el dolor que ocasionan a quién trataba de ser un buen anfitrión.

La gastronomía es arte, porque ir a un buen restaurante no es solo comer, es disfrutar de un arte que se observa en cada plato, una obra creativa que un equipo ha pensado, probado, investigado, innovado, para ti, y que se desenvuelve en varios actos, hasta el pasaje final de los postres, licores, y la sobremesa.

Es armonía, dentro de cada plato, entre plato y plato, de los platos con los vinos, hasta los postres, de la iluminación de la sala, a la música, los uniformes del equipo, los colores de las paredes, manteles y servilletas. Todo en perfecta danza armónica.

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